Rosado como el cielo, insoportable como llagas de sol
Quememos a tu otro yo. Quememos te suplico! a aquel ridículo, inexperto y quejumbroso que se la pasa mal hablando de la vida, de la muerte, la salud, de la enfermedad y del mundo en general. Coloquémoslo en un poderoso cohete, que lo lleve mas allá de la luna en la que quiero vivir, que no tenga fin su odisea sin retorno. Véndelo como favor a mí, véndeselo a quien lo ha querido ver, a quien le ha parecido tu mejor pose, regálaselos, es más, dónalo a sus causas perdidas, que esa gran mascara no te deja ni respirar de mi mismo aire, no te deja ni pensar, ni dejar de menear tu pie.
¿Tanto costaría amarrarlo y amordazarlo? ¿Destrozarlo hasta que solo quede lo poco que me divierte de él, hasta que solo quede tu mi amigo tímido y sonrojado…?
Y es que la verdad amo las manera en que tu ser oculto se muestra extraño y rosado, con la mirada tímida y los labios sonriendo, como si fueras el niño que jamás partió de casa, como si fueras hecho de nubes de algodón de azúcar con tu toque de inocuidad y la espalda que encorvas. Adoro cuando puedes hablar y dejas llevarte por dulzuras mías apenas puestas en instantes de emotividad, como las miras y las degustas y como me las devuelves con un cálido rayo en las pupilas fijas, como si de verdad lograras verme, entenderme y tocarme como si lograras tantear la magia que trato de expresarte entre risas y balbuceo ridículo.
Si tan solo permitieras a tu otro yo salir más a menudo, si no lo escondieses de los demás no tendría que jugara a disfrazar a aquel otro tú de mí, no tendría que esforzarme en dejar de pensar que las ovejas no están bajo aquella piel.
